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17 de febrero de 2015

MIGUELITOS

Vaya por delante una confesión: “Los Miguelitos”, el dulce que os presentamos y que os animamos a realizar, ni aparece en el Quijote ni lo cita Cervantes ¡Sobre todo, porque no podía conocerlo!

Los Miguelitos son un típico dulce de La Roda, que se ha hecho famoso en toda España. Comenzaron a elaborarse en una confitería local, mediada la década de los años 60. Por entonces, los españoles empezaban a descubrir España gracias al inolvidable Seat 600. Muchos madrileños iniciaban, precisamente en aquellos años, lo que luego sería su incesante peregrinar  a las costas de levante de Alicante y Murcia (Benidorm, Torrevieja, Mazarrón;  ya se sabe…). Para ello, utilizaban la Nacional 301 y, en esa carretera, poco antes de la ciudad navajera, estaba La Roda:  ¡Parada y fonda!. El instrumento de difusión y expansión estaba en marcha. La originalidad, calidad y grado de aceptación del producto quedaban fuera de toda duda. El resultado pues era fácil de predecir: La Roda se conoce, especialmente, por sus miguelitos.

Por supuesto, os animamos a visitar esa hermosa ciudad y, aunque no disponemos de fórmula original de los confiteros de allí (ya que se trata de un secreto bien guardado), por si os coge a trasmano o no os resulta posible visitarla, os ofrecemos esta receta, tan simple como sabrosa, para recreo y gozo de vuestros propios fogones.

Los Miguelitos son el producto estrella  en el espléndido pabellón de la feria de Albacete (feria fetén donde las haya). No sabríamos decir si son miles o millones los que llegan a consumirse, porque las ventas no paran. Muchos en caja, para llevar, y muchos para ser consumidos allí mismo. Los de la tierra, además de comerlos saboreando un buen café, los suelen acompañar de aguardiente de miel, elaborada en los pueblos de la sierra. No decimos más.


INGREDIENTES


  • 2 Láminas de hojaldre
  • 1/2 litro de leche
  • 150 gr. de azúcar
  • 50 gr. de harina o maicena
  • 3 huevos


ELABORACIÓN

Para el hojaldre

Estirar las láminas de hojaldre y poner una encima de la otra. Recortar los bordes que sobresalen para que queden igualadas.


Con la ayuda de una regla, cortar las láminas en cuadrados de 2,5 x 2,5 cm.


Colocar los trozos de hojaldre en papel de horno encima de la bandeja y meter en el horno, que previamente habremos calentado, a 200º  durante cinco o seis minutos. Habrá que colocarlos un poco separados para que no se peguen.


Sacar el hojaldre del horno una vez que haya subido y que haya tomado un poquito color.


Para la crema pastelera

En una cacerola poner la leche a hervir junto con una rama de canela y la piel de un limón.


Mientras se cuece la leche, en un bol echamos los huevos, el azúcar y la harina y lo movemos hasta que queden bien mezclados.


Una vez que la leche ha hervido, se añade la mezcla de los huevos, el azúcar y la harina.


Movemos lentamente a fuego lento hasta que se espese. Dejarla enfriar.



Para montar los miguelitos

Cortar los trozos de hojaldre por la mitad, con cuidado de no partirlos.


Rellenar el hojaldre con la crema pastelera y tapar.


Una  vez que hemos rellenado todos los miguelitos, espolvoreamos por encima con azúcar glass.


Colocamos en una bandeja y... ¡listos para comer!


NOTAS

1. Pueden ir rellenos de crema pastelera, como os traigo aquí, pero también se pueden rellenar con nata o chocolate. De cualquier forma están buenísimos.


¿Os apetece uno?

2 de febrero de 2015

QUESO EN ACEITE

Con queso, pan y vino se anda mejor el camino
“Pan, uvas y queso saben a beso” 

“Bocado de pan, tajada de queso y de la bota un beso”

Si hay algo que nos haría felices, amigos lectores, además de que acojáis con cariño nuestras viejas recetas e incluso que, quizás, incorporéis alguna de ellas a vuestros repertorios culinarios, sería que, como consecuencia de visitar este blog, inspirado en platos de venta y de la mano de Maritornes, os acercarais al Quijote.

Si así fuera, comprobaríais que si algo no faltaba en las alforjas o en el morral de Sancho, entre un alborotado puñado de bellotas y duros mendrugos de pan, era un buen pedazo de queso. Se deja entrever que con eso, y con la amable bota de vino, ya podía uno echarse a los caminos.

Y es que el queso ha sido un alimento omnipresente en la dieta de los manchegos. Fresco, curado o en aceite (“queso en pringue”, decían nuestros abuelos). Cervantes, anticipador de las actuales denominaciones de origen, no se resistió a dar la receta* del mismo en su famoso libro; e incluso llega más lejos, destacando al que pasaba por ser el mejor y más afamado queso de su época: el de Tronchón **.

Echar uno o varios quesos en aceite de oliva era algo muy corriente en las casas manchegas. Una despensa que se preciara siempre escondía un anaquel bien nutrido de ellos. Su cremosidad y su fuerte e intenso sabor (con el tiempo, puede llegar a ser picante) lo hacen idóneo como bocado de entre horas.

En nuestros días, cuando el queso manchego -hecho solo con leche de ovejas manchegas- pasa por ser uno de los mejores del mundo, muchos degustadores desconocen, sin embargo, esta variación del mismo: el queso en pringue. De ahí que lo incluyamos en este recetario.

¿Con qué vino lo tomaremos? Amigos, en esta ocasión no hay referencia vinícola: ¡Todos valen por igual! ¡El queso, en especial si es uno de fuerte sabor, hace bueno cualquier vino! De ahí el dicho de “se la dieron con queso”; aforismo acuñado en las transacciones bodegueras, pues incluso el peor caldo parecería bueno si va acompañado de queso. Maravilloso ¿no? 




                                                         ________________________

*Sírvanse vuesas mercedes de ordeñar las ovejas manchegas a la antigua usanza y agréguesele flor de cardo manteniendo el condimento a una temperatura de 30 grados para obtener la cuajada. Sáquese del lebrillo con un cuenco o bacía y deposítese en los moldes de pleita, apretando para que escurra. Vuélvase a echar en su cuna y hágase preso de nuevo con toda fuerza posible hasta dejarlos cargados con pesos durante seis horas, al cabo de las cuales se depositarán en el dornajo con salmuera, ahogándolos durante dos días. Cumplido este tiempo llévense al secadero, donde se mantendrán en asueto durante 60 días y el aseo que es menester para las cosas del estómago. Al cabo de los cuales se retirarán de los vasares para el buen yantar en la mesa de canónigos y príncipes”. Texto atribuido a Cervantes.

**Tronchón, municipio de Teruel, en el Maestrazgo. Sus quesos, famosos en el siglo XVI, son más conocidos en las tiendas gourmet de algunas capitales europeas que en España.

INGREDIENTES

  • Queso manchego fresco.
  • Aceite de oliva virgen.

ELABORACIÓN

Lavar la cuña de queso que vayamos a poner en aceite.


Dejar escurrir y secar con un papel de cocina


Partir el queso en trozos o en cuñas, según nos permita el bote donde lo vayamos a poner.


Meter los trozos de queso en un bote de cristal de boca ancha. Ir añadiendo el aceite de oliva virgen hasta dejarlo completamente cubierto.


Tapar el bote y dejar el queso reposar en el aceite. A partir de un mes, podremos empezar a consumirlo, pero cuanto más tiempo lo dejemos, irá cogiendo fuerza en su sabor.


NOTAS

1. Como podemos guardar la cantidad de queso que queramos, hay quien lo guarda en un trozo grande o bien hecho taquitos o cuñas como yo. No varía en nada, simplemente, es por comodidad.
2. Antiguamente, se solía poner en aceite el queso entero. Para ello, antes de echar el aceite, se pinchaba el queso por varias zonas con una aguja de hacer punto o similar para que le entrase bien el aceite.
3. Hay quien se salta el paso de lavar el queso. Ahora, el queso que compramos suele venir limpio y no es necesario realizar este paso. Yo lo hago porque en casa siempre he visto hacerlo de esta manera.
4. Aunque podemos consumirlo aproximadamente al mes de haberlo guardado, cuanto más tiempo lo tengamos en el aceite su sabor irá aumentando, hasta poder llegar a adquirir un sabor picante, que para los amantes del queso es una auténtica delicia.
5. El aceite de una remesa, puede servir para otra.



¡LISTO PARA PICAR!