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9 de mayo de 2015

AJILLO DE ELÁSTICA

Lector: no busques en las enciclopedias culinarias este plato, ya que no lo encontrarías. El nombre del mismo fue una ocurrencia de mi abuela, que a veces era inventora de palabras, para designar las recetas que ella misma generaba o modificaba.

Conviene aclarar que la “elástica” era una clase de punto vistoso, hecho a máquina, con el que se hacían medias y calcetines en el siglo XIX y aún a comienzos del XX. Este tipo de prendas las llevaban los vendedores ambulantes o buhoneros y las ofrecían a los clientes de los pueblos -que no tenían las facilidades de compra que ahora tenemos-. También las llevaban los traperos, que recogían ropa vieja y, a cambio, facilitaban este tipo de prendas. En el traje típico de la Mancha, cubriendo las piernas de ellas y las pantorrillas de ellos, se pueden ver aún estas vistosas medias de punto elástico, que inspiraron a mi abuela la denominación (jocosa) que da nombre a esta receta.

La vista que el ajillo ofrece presenta el blanco de la patata mezclado con el rojo de unos pimientos y el verde de los otros, todo ello sumergido en un caldo trabado, con festival de pimentón y brillos refulgentes de aceite de oliva. Echándole un poco de imaginación y, sobre todo, si se estaba familiarizado con aquellas prendas coloristas de la época, la asociación resulta fácil.

El “ajillo de elástica” es un “machacón” pimentonado, al que se le han reducido las patatas para dar paso a la troupe de los pimientos asados, tal y como se preparan para elaborar el famoso “asadillo”, que puede degustarse en muchos bares y restaurantes manchegos. En este consagrado plato, se usan pimientos rojos pero, por regla general, alguno de ellos verdea, y luego, en el plato, contribuye a la deseada sensación de variedad y colorido. En nuestro caso, por aquello de acentuar la impresión de “elástica”, hemos asado pimientos rojos y verdes.

Nunca hubiera podido imaginar mi abuela que sus ocurrencias en la cocina llegarían a difundirse más allá del ámbito familiar. Supongo que si leyese este comentario y viese publicada su receta, sonreiría benevolente, complacida y satisfecha.

Y… ¿pide vino este plato? ¡Pues claro que sí! En especial si se le da un punto picante, por el procedimiento que mejor pudiera parecer (nosotros recomendamos las cayena triturada, que permite ajustar la dosis muy al gusto de cada cual). Y como la ocasión lo merece, seleccionaremos un vino  extraordinario, el denominado “cabernet de familia” de la pequeña bodega de Montalvo y Wilmot, ubicada en la casa rural “Los Cerrillos”, al pie de la presa del Pantano de Peñarroya, muy cerca de Argamasilla de Alba.





INGREDIENTES
  • 1 pimiento rojo
  • 1 pimiento verde
  • 3 patatas
  • 1 cucharada de pimentón de la vera
  • 1 cucharada de cominos
  • Aceite de oliva
  • Huevo
ELABORACIÓN

Colocar los pimientos en una bandeja de horno y untarlos con un poquito aceite de oliva con la ayuda de un pincel. 


Meter en el horno a 180º hasta que estén asados.


Quitarles la piel, cortarlos en tiras y reservar.


En una cacerola, poner a cocer las patatas junto con unos ajos.


Una vez cocidas, romperlas con el tenedor y añadirle una cucharadita de pimentón de la vera y otra de cominos. Remover para mezclar todo, pero con cuidado de no hacer puré las patatas.


En una olla de barro, poner las patatas, añadir del caldo de las patatas e incorporar las tiras que teníamos reservadas de pimientos asados.


Una vez que se vaya a servir, añadir un buen chorreón de aceite de oliva y huevo cocido para decorar.


¡LISTO PARA COMER!

NOTAS

1. Un buen acompañamiento para este plato son unos trocitos de panceta bien fritos.
2. Los pimientos pueden asarse sin aceite, pero se pelarán mucho peor.
3. Hay que tener cuidado de que queden trozos de patatas y no se hagan puré, para que pueden verse los distintos colores en el plato.
4. Como en tantos platos manchegos, este plato hay que comerlo mojando sopas de pan.

26 de marzo de 2015

POTAJE DE SEMANA SANTA

En la Mancha, lo mismo que en otras tierras de España, las festividades religiosas que jalonan el calendario, también han dejado su influencia en las cocinas. La receta que presentamos no ofrece dudas al respecto: incluye en su denominación las fiestas en las que se solía preparar con mayor frecuencia, la Semana Santa y, por extensión, el tiempo de Cuaresma.

Este potaje de legumbres, verdura y bacalao, alejado intencionalmente de las carnes, tiene que ver, si no con el ayuno, si con la abstinencia. La Cuaresma en lo culinario es un Ramadán en miniatura, que nos habla de otros tiempos en los que el control religioso de la alimentación era más riguroso. Tiempos en los que la religión prescribía la dieta alimenticia y el pecado de la gula era considerado como tal. Tiempos en los que la carne (algo que no deja de ser curioso) era retirada de la dieta del cristiano.

Los platos relacionados con la Semana Santa, en especial los dulces (cochuras) son muy numerosos y variados. Los olores de la cocina, reino del aceite de oliva aderezado con los aromas de la vainilla y la canela, inundaban las casas. Las denominadas “frutas de sartén” llenaban lebrillos en las despensas. Y era corriente frecuentar los hornos de pan con grandes bandejas de rosquillos, pastas y magdalenas.

Si los dulces eran y son la máxima representación  de una cocina arcaica, con evidente influencia árabe. Comer potaje los viernes de Cuaresma, o durante la Semana Santa, es algo que sigue siendo muy corriente en las casas de la Mancha. Incluso ahora, en el presente siglo, tan alejado de imposiciones religiosas.

Por ello, este potaje viene a ser un plato imprescindible en cualquier recetario de cocina manchega. Plato de cuchara por excelencia, con el que descubrimos una combinación perfecta: la de los garbanzos salpicados de espinacas en salsa sazonada por bacalao. Ese es el gran descubrimiento. Lo demás, el sofrito y los rellenos, no son otra cosa que artes de viejo cocinero para potenciar sabores.




INGREDIENTES

  • 500 gr. de Garbanzos
  • 250 gr. de bacalao
  • 500 gr. de espinacas frescas
  • 2 hojas de laurel

Para el sofrito:

  • 1 cebolla
  • 2 dientes de ajo
  • 1 cucharadita de pimentón
  • 100 ml. de aceite de oliva

Para los rellenos

  • Pan rallado
  • 2 huevos
  • Ajo
  • Perejil
  • Sal

ELABORACIÓN

El día anterior a la elaboración de la receta, se pondrán en un bol los garbanzos y el bacalao.



Poner en una cacerola con agua los garbanzos, el bacalao, dos hojas de laurel y sal. Dejar hervir alrededor de una hora y media a fuego lento.


Seguidamente hacemos un sofrito con el aceite de oliva, la cebolla picada y el ajo laminado.




Añadimos una cucharadita de pimentón y removemos con cuidado de que no se nos queme el pimentón.




Añadimos el sofrito a la cacerola e incorporamos las espinacas a la cacerola,  removemos y tapamos para dejar que el potaje termine de cocerse. Preparamos los rellenos como ya os expliqué aquí  (esta vez, sin jamón). Se incorporan al pojate cuando sólo queden unos minutos de cocción con el fin de que no se empapen demasiado.




Cuando los rellenos, se mojen un poco, el potaje estará listo para servir.




¡QUE APROVECHE!









3 de marzo de 2015

CALABACÍN CON HUEVO

En las noticias televisivas relacionadas con “Madrid Fusión”, la autodenominada ni más ni menos que “cumbre mundial de la gastronomía”, pudimos ver y escuchar, hace solo unos días, a los modernos cocineros españoles presentando sus “creaciones”. Uno de ellos, para dar un mayor toque de singularidad a la tapa que daba a conocer, no reparaba en extraer sangre, con aguja y jeringa, de una dorada viva que tenía en una pecera. Ese exótico ingrediente, aseguraba, daba un toque de exclusividad y exquisitez a unos alambicados bocados de componentes irreconocibles.

El rebuscamiento y sofisticación de los protagonistas de la cocina moderna -en especial la denominada “cocina de autor”- por aportar un toque de originalidad no tiene límites. Esos cocineros nos recuerdan lo que, durante más de un siglo de modernismo, vienen haciendo otros consumados “artistas-creadores” (pintores, músicos, escultores, arquitectos, modistos, poetas, etc.) en su disloque por destacar e innovar.  Los asistentes a esas jornadas gastronómicas, por su parte, nos advierten de la nutrida troupe de esnobistas que corean estos eventos; ya que, increíblemente, el extravagante afán por rendir culto a lo novedoso nunca deja de ser alentado por los omnipresentes y ruidosos amantes de las vanguardias. No en vano, se dice que esta circunstancia -la búsqueda de lo  original, la persecución del cambio constante y permanente- es el rasgo más destacado de nuestra época postmoderna.

Madrid-Fusión y similares nos llaman la atención, sobre todo, porque sus recetas de cocina insólita y retorcida contrastan con la simpleza y sencillez de la cocina tradicional. Y quizás animados por ello, hoy traemos un plato enormemente sencillo, sabroso como pocos, sin misterios ni esoterismos, y en el que pueden reconocerse a la perfección todos los ingredientes que lo componen.

El humilde calabacín, huésped incondicional de la huerta manchega, protagoniza sin desdoro ni rubor esta receta. Se alía para la ocasión con la cebolla y el huevo: ¡La huerta y el gallinero salen a la palestra! ¡Sabia invención! Y esa fórmula tan elemental, catalizada por el omnipresente aceite de oliva, a nuestros ojos y paladar, sería muy capaz de competir con las más complicadas mezclas y combinaciones de la cocina modernistas; esas que urden los cocineros-autores (jeringa en mano si fuera menester) para darle cuerda y más cuerda a la farsa…fusión.


INGREDIENTES

  • 4 calabacines
  • 2 cebollas
  • 2 huevos
  • Sal
  • Aceite de oliva

ELABORACIÓN

Pelar los calabacines y partirlos en trozos pequeños o láminas.



Picar la cebolla


Sofreír la cebolla en una sartén


Echar el calabacín a la sartén junto a la cebolla y remover de vez en cuando.



Cuando esté bien frito el calabacín, romper dos huevos en la sartén. Mezclar bien. Retirar del fuego cuando el huevo haya cuajado.


NOTAS

1. El calabacín puede pelarse por completo o ir dejando un poco de piel. Igual que puede cortarse en láminas finas o en trozos pequeños. Va en cuestión de gustos.
2. Si no nos gusta que el calabacín suelte mucha agua en la sartén, cortarlo a rodajas y dejarlo en un escurridor con sal.


¡QUE APROVECHE!

17 de febrero de 2015

MIGUELITOS

Vaya por delante una confesión: “Los Miguelitos”, el dulce que os presentamos y que os animamos a realizar, ni aparece en el Quijote ni lo cita Cervantes ¡Sobre todo, porque no podía conocerlo!

Los Miguelitos son un típico dulce de La Roda, que se ha hecho famoso en toda España. Comenzaron a elaborarse en una confitería local, mediada la década de los años 60. Por entonces, los españoles empezaban a descubrir España gracias al inolvidable Seat 600. Muchos madrileños iniciaban, precisamente en aquellos años, lo que luego sería su incesante peregrinar  a las costas de levante de Alicante y Murcia (Benidorm, Torrevieja, Mazarrón;  ya se sabe…). Para ello, utilizaban la Nacional 301 y, en esa carretera, poco antes de la ciudad navajera, estaba La Roda:  ¡Parada y fonda!. El instrumento de difusión y expansión estaba en marcha. La originalidad, calidad y grado de aceptación del producto quedaban fuera de toda duda. El resultado pues era fácil de predecir: La Roda se conoce, especialmente, por sus miguelitos.

Por supuesto, os animamos a visitar esa hermosa ciudad y, aunque no disponemos de fórmula original de los confiteros de allí (ya que se trata de un secreto bien guardado), por si os coge a trasmano o no os resulta posible visitarla, os ofrecemos esta receta, tan simple como sabrosa, para recreo y gozo de vuestros propios fogones.

Los Miguelitos son el producto estrella  en el espléndido pabellón de la feria de Albacete (feria fetén donde las haya). No sabríamos decir si son miles o millones los que llegan a consumirse, porque las ventas no paran. Muchos en caja, para llevar, y muchos para ser consumidos allí mismo. Los de la tierra, además de comerlos saboreando un buen café, los suelen acompañar de aguardiente de miel, elaborada en los pueblos de la sierra. No decimos más.


INGREDIENTES


  • 2 Láminas de hojaldre
  • 1/2 litro de leche
  • 150 gr. de azúcar
  • 50 gr. de harina o maicena
  • 3 huevos


ELABORACIÓN

Para el hojaldre

Estirar las láminas de hojaldre y poner una encima de la otra. Recortar los bordes que sobresalen para que queden igualadas.


Con la ayuda de una regla, cortar las láminas en cuadrados de 2,5 x 2,5 cm.


Colocar los trozos de hojaldre en papel de horno encima de la bandeja y meter en el horno, que previamente habremos calentado, a 200º  durante cinco o seis minutos. Habrá que colocarlos un poco separados para que no se peguen.


Sacar el hojaldre del horno una vez que haya subido y que haya tomado un poquito color.


Para la crema pastelera

En una cacerola poner la leche a hervir junto con una rama de canela y la piel de un limón.


Mientras se cuece la leche, en un bol echamos los huevos, el azúcar y la harina y lo movemos hasta que queden bien mezclados.


Una vez que la leche ha hervido, se añade la mezcla de los huevos, el azúcar y la harina.


Movemos lentamente a fuego lento hasta que se espese. Dejarla enfriar.



Para montar los miguelitos

Cortar los trozos de hojaldre por la mitad, con cuidado de no partirlos.


Rellenar el hojaldre con la crema pastelera y tapar.


Una  vez que hemos rellenado todos los miguelitos, espolvoreamos por encima con azúcar glass.


Colocamos en una bandeja y... ¡listos para comer!


NOTAS

1. Pueden ir rellenos de crema pastelera, como os traigo aquí, pero también se pueden rellenar con nata o chocolate. De cualquier forma están buenísimos.


¿Os apetece uno?

2 de febrero de 2015

QUESO EN ACEITE

Con queso, pan y vino se anda mejor el camino
“Pan, uvas y queso saben a beso” 

“Bocado de pan, tajada de queso y de la bota un beso”

Si hay algo que nos haría felices, amigos lectores, además de que acojáis con cariño nuestras viejas recetas e incluso que, quizás, incorporéis alguna de ellas a vuestros repertorios culinarios, sería que, como consecuencia de visitar este blog, inspirado en platos de venta y de la mano de Maritornes, os acercarais al Quijote.

Si así fuera, comprobaríais que si algo no faltaba en las alforjas o en el morral de Sancho, entre un alborotado puñado de bellotas y duros mendrugos de pan, era un buen pedazo de queso. Se deja entrever que con eso, y con la amable bota de vino, ya podía uno echarse a los caminos.

Y es que el queso ha sido un alimento omnipresente en la dieta de los manchegos. Fresco, curado o en aceite (“queso en pringue”, decían nuestros abuelos). Cervantes, anticipador de las actuales denominaciones de origen, no se resistió a dar la receta* del mismo en su famoso libro; e incluso llega más lejos, destacando al que pasaba por ser el mejor y más afamado queso de su época: el de Tronchón **.

Echar uno o varios quesos en aceite de oliva era algo muy corriente en las casas manchegas. Una despensa que se preciara siempre escondía un anaquel bien nutrido de ellos. Su cremosidad y su fuerte e intenso sabor (con el tiempo, puede llegar a ser picante) lo hacen idóneo como bocado de entre horas.

En nuestros días, cuando el queso manchego -hecho solo con leche de ovejas manchegas- pasa por ser uno de los mejores del mundo, muchos degustadores desconocen, sin embargo, esta variación del mismo: el queso en pringue. De ahí que lo incluyamos en este recetario.

¿Con qué vino lo tomaremos? Amigos, en esta ocasión no hay referencia vinícola: ¡Todos valen por igual! ¡El queso, en especial si es uno de fuerte sabor, hace bueno cualquier vino! De ahí el dicho de “se la dieron con queso”; aforismo acuñado en las transacciones bodegueras, pues incluso el peor caldo parecería bueno si va acompañado de queso. Maravilloso ¿no? 




                                                         ________________________

*Sírvanse vuesas mercedes de ordeñar las ovejas manchegas a la antigua usanza y agréguesele flor de cardo manteniendo el condimento a una temperatura de 30 grados para obtener la cuajada. Sáquese del lebrillo con un cuenco o bacía y deposítese en los moldes de pleita, apretando para que escurra. Vuélvase a echar en su cuna y hágase preso de nuevo con toda fuerza posible hasta dejarlos cargados con pesos durante seis horas, al cabo de las cuales se depositarán en el dornajo con salmuera, ahogándolos durante dos días. Cumplido este tiempo llévense al secadero, donde se mantendrán en asueto durante 60 días y el aseo que es menester para las cosas del estómago. Al cabo de los cuales se retirarán de los vasares para el buen yantar en la mesa de canónigos y príncipes”. Texto atribuido a Cervantes.

**Tronchón, municipio de Teruel, en el Maestrazgo. Sus quesos, famosos en el siglo XVI, son más conocidos en las tiendas gourmet de algunas capitales europeas que en España.

INGREDIENTES

  • Queso manchego fresco.
  • Aceite de oliva virgen.

ELABORACIÓN

Lavar la cuña de queso que vayamos a poner en aceite.


Dejar escurrir y secar con un papel de cocina


Partir el queso en trozos o en cuñas, según nos permita el bote donde lo vayamos a poner.


Meter los trozos de queso en un bote de cristal de boca ancha. Ir añadiendo el aceite de oliva virgen hasta dejarlo completamente cubierto.


Tapar el bote y dejar el queso reposar en el aceite. A partir de un mes, podremos empezar a consumirlo, pero cuanto más tiempo lo dejemos, irá cogiendo fuerza en su sabor.


NOTAS

1. Como podemos guardar la cantidad de queso que queramos, hay quien lo guarda en un trozo grande o bien hecho taquitos o cuñas como yo. No varía en nada, simplemente, es por comodidad.
2. Antiguamente, se solía poner en aceite el queso entero. Para ello, antes de echar el aceite, se pinchaba el queso por varias zonas con una aguja de hacer punto o similar para que le entrase bien el aceite.
3. Hay quien se salta el paso de lavar el queso. Ahora, el queso que compramos suele venir limpio y no es necesario realizar este paso. Yo lo hago porque en casa siempre he visto hacerlo de esta manera.
4. Aunque podemos consumirlo aproximadamente al mes de haberlo guardado, cuanto más tiempo lo tengamos en el aceite su sabor irá aumentando, hasta poder llegar a adquirir un sabor picante, que para los amantes del queso es una auténtica delicia.
5. El aceite de una remesa, puede servir para otra.



¡LISTO PARA PICAR!

19 de enero de 2015

AJOARRIERO

¡Pocos platos manchegos encontraremos con un nombre tan evocador!

El ajo arriero (también conocido como “atascaburras”, “ajo mortero”, “bacalao ajoarriero” o “ajada de bacalao”) nos habla directamente del trajín de los caminos, de los tiempos en los que las mercancías eran llevadas en carros tirados por mulas. El arriero es un personaje corriente en el Quijote. Cómo no; el libro de Cervantes es un libro de caminos y encrucijadas.  Muchas de las aventuras caballerescas vividas por el de “la triste figura” tienen lugar en los caminos o en las ventas manchegas. Y éstas solían estar colmadas de arrieros. Su jornada era de sol a sol y de venta en venta. Y en ellas era donde componían sus guisos. El más célebre de todos, naturalmente, era éste,  el ajoarriero, ya que en las ventas no era costumbre que hubiese comida preparada. Incluso durante el siglo XIX, el viajero debía llevar sus propias vituallas y el ventero, como mucho, las guisaba o les facilitaba los medios para hacerlo.

Aunque no se sabe con certeza el origen de esta receta. Lo que nadie duda que está vinculada con los que practicaban la desaparecida profesión de acarrear, los antiguos arrieros. Existen múltiples recetas, según las zonas; pero todas tiene un mismo denominador común: salazón de bacalao, patatas, ajo y aceite. Todo ello bien machacado en el mortero. Puede utilizarse como tapa -en frío o en caliente-, y como primer plato. Resulta ideal para los meses de invierno, cuando el cuerpo reclama una dieta contundente contra el rigor de la estación.

Se dice que, al cerrar un trato, para sellar el acuerdo, delante de las grandes chimeneas de las ventas manchegas, el arriero aportaba la rúbrica de su plato de bacalao, mientras que la otra parte implicada en el negocio ponía el vino y alguna fritanga o asado complementario.

Cuando viajes al sur (o viceversa)  y cruces La Mancha en coche, amigo lector, y, sobre todo, cuando pases por Despeñaperros, sobre el nuevo y descomunal puente (¿qué hubiera dicho de él quien llamó gigantes y malandrines a los pobres molinos de viento?) que ha terminado de arruinar el paisaje más hermoso de Sierra Morena, recuerda que esa era la vía natural, jalonada de ventas,  que recorrían los arrieros con sus caballerías; un camino de arrieros y ajoarriero: la unión de Andalucía, por el camino real de Sevilla, con el resto de España.

Para acompañar el plato, elegimos en esta ocasión un vino tinto, tempranillo, realmente excepcional: “Don Octavio” de Vinícola Villarrobledo. Estará a la altura de cualquier ajoarriero.



INGREDIENTES

·  500 g. de bacalao salado o 600 g. de bacalao desalado
·  300 ml. de aceite de aceite de oliva virgen extra
·  ½ k. de patatas para cocer (a ser posible gallegas, variedad Kennebeck)
·  2 huevos cocidos enteros y 1 yema de huevo cocido
·  3 o 4 dientes de ajo pequeños
·  Un poco de perejil fresco finamente picado (para decorar)

ELABORACIÓN

En una cacerola, se ponen a cocer las patatas.


Tres minutos antes de retirarlas, echar en la olla el bacalao cortado en trozos pequeños que habremos desalado previamente.


En un recipiente poner las patatas cocidas y el bacalao hecho migas. Añadir tres o cuatro dientes de ajo crudos y se va triturando poco a poco la mayor parte del aceite. Si queda excesivamente espeso, se puede echar un chorreón del caldo de cocción.


Probar el punto de sal (lo normal es que no haya que añadir). Una vez hecha la pasta, poner en una cazuela, verter el aceite restante en la superficie y decorar con rodajas de huevo duro, perejil y nueces.


¡LISTO PARA COMER!

NOTAS

1. Para triturar la pasta, utilizo la batidora. Antes, toda esta operación se hacía a golpe de mortero. Hay muchos defensores de seguir haciéndolo de esta manera.
2. Se puede comer frío (del tiempo) o caliente. En las zonas donde se come frío, como es el caso de Cuenca,  se le llama ajoarriero. En las que se come caliente, como es la zona de Albacete, se le llama atascaburras.
3. En muchas casas lo suelen presentar sin nueces, pero os las recomiendo, porque le dan un sabor excelente.
4. Admite -¡y de qué manera!- unas guindillas en vinagre, como compañeras de mesa, para mordisquear de vez en cuando.

14 de diciembre de 2014

BRAZO DE GITANO

La mayonesa (o mahonesa) casera suponía, en la primera mitad del siglo XX sin ir más lejos, toda una concesión a la modernidad. La mayonesa y sus diversas aplicaciones constituían una variante culinaria que, aunque mantuvieran una base de patatas (caso de la ensaladilla), rompían con los cánones de la tradicional cocina manchega.

En los tiempos en los que no había batidoras (éstas se popularizaron en la década de los 60, junto con el Seat 600 y la olla express), hacer mayonesa no era tarea para principiantes. Su elaboración bien podía considerarse toda  una actividad artesanal que casi rondaba lo artístico. No estaba al alcance de cualquiera, había que tener paciencia y, sobre todo, saber hacer.

Para elaborarla, se cogía un tazón, se estrellaban en él un par de yemas de huevo y se iba incorporando el aceite de oliva, en pequeños chorreones, mientras se batía la mezcla con tiento y brío usando una cucharilla de postre.  Unas gotas de limón y un pellizco de sal remataban la brillante emulsión. Con frecuencia, la mezcla se “cortaba” y solo manos muy expertas sabían recomponer la salsa; sin embargo, en no pocas ocasiones, había que tirarla y empezar de nuevo.

Y es con mayonesa casera con lo que os proponemos un plato sobrio y barato que sirva de contrapunto a los menús caros y ostentosos que abundan en Navidad. Mayonesa y bonito frito del norte (escabeche de lata grande, que era como se denominaba al bonito vendido, en gruesos  tacos, en las tiendas de ultramarinos) son los protagonistas del plato que presentamos.


En su decoración podéis dar rienda suelta a la creatividad. Lomos rayados y cabezas de animales conocidos o fantásticos se prestan a envolver el  amarillo y rutilante brazo. Y si hay niños a la mesa, nos atrevemos a aventurar, incluso en estos tiempos donde impera la variedad del supermercado, que será un plato muy bien acogido. 



INGREDIENTES
  • 5 Patatas
  • 1 lata de bonito en escabeche
  • Tomate frito
  • Mayonesa casera
  • Pimiento morrón
  • Anchoas
  • Aceitunas

ELABORACIÓN

Se pelan y se cortan las patatas en trozos grandes. A continuación ponerlas a cocer en una cacerola.



Mientras se cuecen las patatas, preparar en un bol una mezcla de tomate frito y bonito es escabeche. Reservar.



Cuando las patatas estén cocidas, se machacan las patatas hasta conseguir un puré seco y consistente.



A continuación, se extiende el puré sobre un papel de horno haciendo una capa gruesa, como de un centímetro.



Sobre la capa de puré se extiende la mezcla del tomate con el bonito que habíamos preparado previamente y se extiende de manera homogénea.



Con cuidado, y con la ayuda del papel se va enrollando evitando que el tomate se escurra (esta es la mayor dificultad del plato). Los extremos se redondean con puré y se cierran.



Cuando queda hecho un "brazo" (un cilindro), se forra con una capa de mayonesa, tan gruesa como se pueda. Finalmente, se decora con tiras de pimiento morrón, anchoas y aceitunas.



NOTAS

1. Es preferible que la mayonesa que se utilice sea casera y que salga lo más espesa posible. También vale de bote, pero no se consigue el mismo efecto final.
2. Es conveniente que el bonito que se utilice sea bonito frito del norte.
3. El tomate frito que se utilice debe ser lo menos aceitoso posible.

Por último, desearos a todos los que leéis este blog, una...

 ¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!

Nos vemos a la vuelta de las vacaciones...